Todos, cuando menos en alguna ocasión, hemos traducido un texto por internet que originariamente nos ha llegado en un idioma distinto al nuestro. La traducción automática presenta sin duda dos atractivos muy interesantes para el usuario que son la inmediatez y la gratuidad; sin embargo, si lo que queremos es comprender un texto en su contexto preciso o en última instancia publicarlo, estos dos atributos se convierten en un arma de doble filo.

El idioma, por lo general proviene de causas culturales, políticas e históricas que acomodan las palabras en significados identificables para toda una comunidad socio-lingüística. Así, ciertas expresiones que tienen un significado especial para un territorio dejan de tenerlo -o lo pervierten- si las traducimos literalmente, algo que los traductores automáticos por evolucionados que estén no pueden descifrar correctamente. De ahí la importancia de comprender no solo las palabras en su preciso contexto sino también en sus correctos significantes. En este sentido, la revolución tecnológica lleva apareada muchas contradicciones y los esfuerzos por la traducción automática no están libres de sombras.

Por poner un ejemplo, supongamos que en el campo de la denominada “inteligencia artificial” pretendemos que un robot sepa interpretar correctamente nuestro estado de salud  y concluir que necesitamos un médico. A pesar de los enormes avances en este campo sabemos que la programación robótica asistida -robots para enfermos o gente mayor- no consigue más que ciertas pinceladas de aproximación a la hora de calibrar si, por ejemplo, una persona está sufriendo un ictus y marcar el número de emergencias. ¿Dejaríamos a nuestros familiares y a su salud en manos de un robot que más que probablemente no sepa entender qué está sucediendo? Los límites de la tecnología hoy por hoy nos aconsejan que, por el momento, no lo hagamos. Con el lenguaje sucede un tanto de lo mismo.

Es evidente que el correcto uso de un idioma nos ayuda a comprender temas complejos, desde un texto filosófico a un manual de uso de un electrodoméstico. Así, si queremos estudiar a Nietzsche recurriremos a un traductor a ser posible nativo del alemán, del mismo modo que si pretendemos comprender el correcto uso de un smartphone Samsung es obvio que el traductor debe conocer perfectamente el idioma de Corea. Ningún editor serio ni ningún fabricante de teléfonos recurrirían jamás a un servicio de traducción automática para posicionar sus productos en el mercado de la cultura o de la tecnología pues incurrirían ambos en catastróficas consecuencias para sus empresas. Y estos dos ejemplos son extrapolables a la práctica totalidad de sectores. Volviendo a la salud ¿imaginamos un prospecto farmacológico con indicaciones incorrectas sobre el uso de un medicamento?

Los servicios de traducción juegan un papel decisivo en nuestras vidas, en nuestra sociedad y en nuestras empresas. La decisión de elegir en manos de quién y cómo dejamos la correcta comunicación de aquello que producimos es vital para conseguir los fines marcados y de preservar la excelencia de nuestros productos y servicios. Y en este sentido, el factor humano y su profesionalidad juegan un rol indiscutible para conseguirlo.